El οὐροβόρος o la reminiscencia

Julio Moreno

 

 

¡Ven, oh musa, a parir por mí este manido cuento!

 

Despertó precipitadamente en medio de la pesadilla –esa que termina con la anidación de la pútrida carne en el útero de la madre tierra-.  El reloj anunciaría en 7 minutos las 5:00 de la mañana; encendió la lámpara de su mesa de noche; abrió su roída y sucia libreta; agotó el último chorro de tinta escribiendo -inmediatamente después de sus “Consideraciones sobre la cópula entre los ángeles”-, la frase que sin cesar se repetía en el sueño: “Los ojos son la escritura del tiempo”. Meditó sobre su significado algunos minutos, no obstante, la encontró sin sentido.  

 

Aún sobresaltado por la pesadilla -desacostumbrado como siempre a la materialidad de su cuerpo y a la realidad de su mundo-, creyó encontrar el desenlace al nudo de su pregunta. Se levantó, buscó sus zapatos, hizo una plegaria a su dios, se puso las ropas del día anterior y se dirigió a la biblioteca. Él la nombró Leviatán cuando notó que no podía concebirse sin ella, cuando hizo metástasis a su inconciencia, cuando soñaba leyendo mil veces el mismo libro que no lograba entender. Ahí quería dar fin a su pesadilla, en la tierra prometida del bibliófilo. Soñaba con levantarse un día de su vejez, y de camino a sus fauces decirse: -Perdí mi tiempo-.

 

Mientras subía las escaleras de peldaños de madera crujientes que se encuentran en las inmediaciones del comedor y dan acceso a la biblioteca, el ambiente se trastocó. Contó los últimos escalones (…uno …dos …tres …cuatro …cinco …seis). No supo por qué, pero el aire era antiguo, tal vez por la armonía silenciosa y habitual de los domingos con el aura añeja de toda biblioteca; por las enormes columnas de ladrillos que se repiten al frente de ella, pero sobre todo por la insignia que se observa tras las columnas habiendo alcanzado el último escalón (…siete) y que tiñe de bermejo la historia de occidente.

 

Una sensación lo invadió, sentía que la respuesta la sabía en un tiempo anterior a su tiempo, un recuerdo ajeno a su temporalidad. -todo recuerdo es atemporal- pensó. Evocó sus lecturas de Platón, estas lo habían llevado a sostener con su círculo de amigos la posibilidad de una lectura hedonista de la obra-.  Sintió por un momento todo el peso de la historia, estaba fatigado, olvidó cómo respirar, trató de inhalar y exhalar; solo podía considerarse misteriosamente insignificante y vetusto frente a los volúmenes.

 

Del cielo encapotado y gris caía una lluvia fina que alcanzaba a acariciar las ventanas. Recordó las tardes en las que el leviatán se le presentaba inofensivo y noble, casi redentor. ¡Ingenuo! La obsesión no tardaría en perforar su corazón. Pensó en que un solo ejemplar ya lo excedía - ¡cuánta vida y cuánta muerte!, ¡cuántos ciclos ininterrumpidos de reencarnaciones!, para que se repitiera ahí -justo ahí-, con un libro no menos acomodaticio que los otros. Abrió un libro al azar y leyó: “(...)todo ya ha sido o será, todo se repite de una manera ya decidida por el primer principio, esta página que lees la has leído infinidad de veces en todos los idiomas del mundo…” pasó unas páginas más “… la analogía más precisa es la del sueño, hay conciencia, pero la voluntad es ilusoria, toda la trama ha sido ya decidida por el inconsciente.”

 

Antes de abandonar la biblioteca observó sus ojos en el espejo ubicado justo al frente del despacho del director, sus pupilas parecían contener el universo; la obsesión de hace algunos años de conocer la naturaleza de Dios cambió por la del universo absoluto. Él compartía el mismo infierno que cualquier monje de la Europa medieval.  Una náusea le sobrevino, las cosas de pronto se hicieron borrosas, los sonidos se hicieron débiles, un chirrido retumbaba en sus oídos, perdió el equilibrio y cayó de bruces al suelo.  Empezó a retorcerse como lombriz herida fuera de la tierra, su cuerpo adquirió tal elasticidad que se enroscaba cual áspid, empezó a buscar sus zapatos para tragarlos. ¡Por fin había entendido el significado de la glosa…!

 

Mortem tuam annuntiámus, Dómine, et tuam resurrectiónem confitémur, donec vénias [1]. Despertó intempestivamente en su habitación en medio de la pesadilla -esa que comienza con la anidación del embrión en el útero- celebró los Laudes y como era costumbre le ganó al anuncio del sacristán, en 7 minutos, un repiquetear lúgubre de campanas empezaría a convocar a los frailes para la misa de 5:00 de la mañana. Se dijo: -¡Qué deseo más necio ese de conocer el absoluto!  ¡Copista de Aristóteles, comentarista e interpolador de la vulgata, nada nos diferencia!-.

 

En la habitación contigua su hermano en Cristo recitaba y hacía especial ahínco en un fragmento de un poema griego: “los ojos son la escritura del tiempo”.

 

[1] Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, hasta que vengas Señor.