La música latente
Felipe Donoso
Las calles de la ciudad, los oblicuos campos de terrazas y de cumbres habitadas por la niebla, las bandadas de automóviles, los supermercados, las plataformas, los carcomidos sardineles de asfalto, los vendedores, las ambulancias, cada cosa en este caos parece provenir de la misma sinfonía, de la misma danza de escombros.
Es tan fácil distinguir un ritmo. Basta con escuchar atentamente cualquier cadencia, cualquier eco que venga flotando tras el ruido de las cosas que caen, de la gente que habla, del barro gritando en las cañerías. Bogotá fue hecha al compás de un ritmo musical. Se fue construyendo entre los ríos del páramo y los bosques de cayenos. La gente oscura y lejana fue llegando. Fue haciendo trochas, cabañas, laberintos, lugares en adobe donde escondían su orfandad, donde enterraban sus recuerdos del sol. De esta manera la ciudad fue creciendo, sonora y sin orden, como una melodía de morteros, de carretas, de palustres, de brazos y piernas que alcanzaban los techos, las cañaflechas, las vías empedradas que repicaban los cascos de las mulas, los tranvías; una melodía que tenía forma de pobreza creciendo en la sabana.
Yo vengo de aquel lugar. Y mientras construyo las casas de la gente, mientras excavo los cimientos y los pórticos calcáreos, me siento como un instrumento de viento, un oboe, una contradanza. Pareciera que mis manos se movieran lentamente. Ellas danzan y dan órdenes secretas. Con un gesto mío las cuadrillas de oficiales se lanzan a los taludes de arcilla; con un gesto los hombres rasos y sin habla marchan a los oscuros sótanos. Mis manos se agitan en el aire, sonoras. Soy de aquellos ingenieros que lleva lápices y escuadras en su tula. Soy de aquellos que nunca se actualizan. Yo soy de los que aún escuchan música en un walkman, de los que se detienen en las misceláneas de acetatos viejos. Mi última compra fue el Éxodo de Kilar, un disco turbio con portada en tonos violetas.
No he parado de escucharlo. Llegan a mi mente los acordes y todo lo veo in crescendo. Por ejemplo, Laureano y Juanito, esos dos que van moviendo la manguera de caucho mientras el concreto se dispara en caudales infernales, en cuatro cuartos, latente, como una sangre que brotara de la tolva, a esos dos los veo deslizándose sobre el aire, en un valse de figuras, en una sordina de martillos y sierras que parecería caer sobre el acero. Todo es un ritmo cadencioso. Escucho los cantos de colegiales que corren calle afuera; escucho los rugidos de un coche con la alarma desatada y el pum pum infatigable de la bomba de concreto, y el tac tac de un camión mal estacionado, y el trak trak de cuanta cosa se rompe en un edificio que se construye, y el tum tum de mi corazón desarmado. Detrás de todo, también escucho el trasegar de Mariel con su traje verde, dejando su mirada en el silencio de la arena.
El concreto avanza por un tubo ciego. Es un río obscuro, un canto de la tierra. Un ayudante bandea en la calle las coloridas paletas de Siga y Pare. En un instante se lanza como un cisne. Los coches se detienen y vibran en sol bemol. El maestro salta y gira, con ojos de venado.
Por ahora el edificio es un sueño de planigramas y detalles que se va construyendo con la música. El negro Memín con un vibrador de aguja se sumerge en la bachada. Sonríe, brinca. Los otros ingenieros nos observan desde una torre. Están en puntas de pie, a contrapunto, en cámara lenta.
Son las nueve menos cuarto. Los oficiales se apilan como palomas hambrientas y yo escucho los oboes. Ellos marchan a la merienda matutina. Ahora son las diez y un minuto. A lo lejos se acerca un segundo carro de concreto. Laureano arquea su dorso y dramáticamente fanfarronea. Nos llama a los gritos para que todo empiece nuevamente.
El camión atafagado se parquea sobre la acera. El conductor con camisa abultada y palillo entre los dientes se lanza sobre el césped. Gira tres veces sobre su eje y aterriza en un perfecto ballet de cemento.
No cabe duda. La música ha ido construyendo esta ciudad.